El paisaje helado de Alaska está cambiando, y el mayor peligro acecha bajo tierra

Para muchos, Alaska es el epítome de la naturaleza virgen: glaciares interminables, montañas nevadas y paisajes helados que parecen eternos. Sin embargo, bajo esta superficie helada, los científicos observan cambios drásticos que podrían transformar la región durante las próximas décadas. La mayor amenaza no reside en lo que se ve en la superficie, sino en lo que ocurre en las profundidades del subsuelo.

Gran parte de Alaska se asienta sobre permafrost, un suelo que ha permanecido congelado durante miles de años. Durante décadas, este suelo helado proporcionó una base estable para viviendas, carreteras, oleoductos y comunidades enteras. Hoy, sin embargo, esta base se está volviendo cada vez más inestable.

Alaska se está calentando mucho más rápido que muchas otras partes del mundo. El aumento de las temperaturas está provocando veranos más largos, inviernos más suaves y el deshielo gradual del permafrost. A medida que el hielo del suelo comienza a derretirse, el terreno pierde su estabilidad. Como resultado, las carreteras se deforman, los edificios se inclinan y grandes extensiones de terreno se hunden o colapsan lentamente.

Los investigadores han estado monitoreando estos cambios durante años. Cerca de Fairbanks, un túnel de investigación del permafrost permite a los científicos estudiar el suelo congelado desde el interior. Los instrumentos instalados a lo largo del túnel miden la temperatura, la humedad y la estabilidad estructural. Sus observaciones muestran que las áreas que alguna vez estuvieron permanentemente congeladas se están descongelando gradualmente, lo que confirma la preocupación de que el paisaje se está volviendo menos estable con cada año que pasa.

Las consecuencias ya son visibles en toda Alaska. En muchas regiones donde el hielo del suelo se ha derretido, están apareciendo depresiones circulares conocidas como termokarst o cráteres. Estas formaciones pueden convertirse en sumideros, capaces de dañar carreteras, edificios y otras infraestructuras críticas, a veces con poca o ninguna advertencia.

El deshielo del permafrost también está revelando descubrimientos sorprendentes del pasado remoto. Los investigadores han descubierto restos de animales de la Edad de Hielo, incluidos mamuts lanudos, conservados en suelo congelado durante miles de años. Junto con estos fósiles, los científicos identificaron microorganismos antiguos que permanecieron latentes en el hielo hasta su deshielo.

Estudios de laboratorio han demostrado que algunos de estos microorganismos pueden reactivarse tras el deshielo. Ciertos microorganismos producen metano de forma natural, un gas de efecto invernadero que retiene mucho más calor a corto plazo que el dióxido de carbono. A medida que el permafrost se descongela, cantidades cada vez mayores de metano pueden escapar a la atmósfera, lo que podría acelerar el cambio climático y crear un ciclo en el que el calentamiento provoca un deshielo aún mayor.

Aunque la situación es grave, los expertos creen que todavía hay esperanza. Proteger los bosques boreales, restaurar los ecosistemas dañados y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero pueden ayudar a frenar el ritmo del calentamiento. Estos esfuerzos pueden limitar una mayor degradación del permafrost y reducir los riesgos a largo plazo tanto para las comunidades locales como para el clima global.