Cuando el padre Thomas inició unas reformas cerca de la capilla lateral de la antigua iglesia, solo esperaba encontrar los signos habituales del paso del tiempo. Sin embargo, tras mover una pesada estatua de San Judas, los trabajadores dejaron al descubierto una losa de piedra con una anilla oxidada bajo su base.
La losa ocultaba la entrada a una cámara subterránea.
Debajo se extendía una estrecha escalera que descendía a gran profundidad. No obstante, ni los archivos de la iglesia ni los planos originales del edificio registraban la existencia de aquel espacio.
Acompañado por el historiador Dr. Karl Sanders, el sacerdote descendió por el túnel. La mampostería resultó ser considerablemente más antigua que la propia iglesia; en las paredes se podían apreciar cruces, símbolos y numerosas muescas.
Al poco tiempo, el pasadizo terminaba en un muro de ladrillo.
Era evidente que había sido construido mucho después de la mampostería circundante. Sobre un arco, los investigadores divisaron una inscripción en latín casi borrada por el tiempo:
«NON APPER… PESTIS — 1665»
— «No abrir. Peste. 1665».
La investigación en los archivos hizo que el hallazgo resultara aún más enigmático. El registro parroquial de 1665 se había conservado casi intacto, pero las páginas correspondientes a mediados de aquel año habían sido arrancadas.
Para comprender qué había tras el muro, los especialistas perforaron un pequeño orificio e introdujeron una cámara de fibra óptica.
Al principio, la pantalla mostraba restos de estructuras de madera y telas podridas. Luego, la cámara iluminó algo que nadie esperaba ver: cráneos y huesos humanos.
Tras desmontar cuidadosamente el muro, los arqueólogos descubrieron docenas de esqueletos. Entre los fallecidos había tanto adultos como niños.
Pero el hallazgo más estremecedor les aguardaba en la propia mampostería.
Cientos de arañazos, muescas y mensajes breves permanecían en la cara interna de los ladrillos. Entre ellos figuraba la frase «Miserere Nobis»: «Ten piedad de nosotros». Algunos trazos recorrían las juntas de argamasa entre los ladrillos. Aquello constituía una prueba macabra: había personas en el interior cuando se tapió el pasadizo.
Documentos hallados posteriormente arrojaron luz sobre lo sucedido. Durante la epidemia de peste de 1665, la cámara subterránea se utilizó para aislar a los enfermos. A medida que el miedo al contagio se apoderaba de la localidad, las autoridades eclesiásticas ordenaron tapiar el espacio. Las personas quedaron atrapadas en el interior.
Los apellidos hallados en los registros conservados coincidían con los de familias que aún residen en el pueblo. Durante años, a sus antepasados se les había dicho que aquellos parientes habían desaparecido o habían sido enterrados en fosas comunes.
Tras 350 años, el misterio quedó finalmente resuelto. El pueblo celebró un acto conmemorativo y, por primera vez, se pronunciaron en voz alta los nombres de aquellos cuyos destinos habían sido deliberadamente borrados de la historia.
Sin embargo, el muro de ladrillo no pudo ocultar lo más importante: las voces de quienes quedaron atrapados tras él han llegado hasta nosotros a través de tres siglos y medio.