La sacudida de la tormenta casi volcó la barca, y Eric, aferrado a los costados, sintió el rocío helado azotarle la cara. Algo enorme se movía bajo él; el mar parecía respirar con una fuerza extraña. Un rugido repentino retumbó en el casco y el pecho, distinto al grito de una ballena o al rugido de las olas. El motor se negaba obstinadamente a arrancar, y solo al tercer intento lo consiguió, impulsando la barca hacia adelante. Pero detrás de ellos, el agua volvió a agitarse, como si el perseguidor se escondiera bajo la superficie.
Eric se había criado junto al mar, conocía sus leyes desde niño y no creía en cuentos de monstruos. En el pueblo de trescientos habitantes, los rumores de una «sombra» bajo el agua se multiplicaban, y los pescadores se negaban a salir a faenar. Él se rió: «Si no hay peces, son las corrientes, no los monstruos». Pero Marta, la vendedora del mercado, parecía alarmada: «Por la noche, cuando suena la campana, viene».
Al atardecer, finalmente se hizo a la mar. El agua estaba demasiado tranquila; los pájaros habían desaparecido. La barca se balanceaba, como si la tocaran manos invisibles. Un rugido escalofriante, el motor se paró y Eric tiró de la cuerda con pánico hasta que logró llegar a la orilla. Al llegar al pueblo, se desplomó en la arena, temblando por la experiencia. La gente se reía, segura de que se había topado con un «monstruo». Pero Eric lo presentía: no era una criatura viviente.
A la mañana siguiente, notó una película de aceite con colores del arcoíris cerca de la barca y olor a metal. Por las tardes, empezó a observar la bahía, anotando fenómenos extraños: burbujas en línea recta, salpicaduras simultáneas: crepúsculo, medianoche, amanecer. Lo anotó todo en un cuaderno y se dio cuenta de que no se trataba del caos de la naturaleza, sino de un horario: una máquina, no un animal.
Cuando mostró sus notas en el café, se rieron de él. Pero aquella tarde, todo el pueblo se congregó en la orilla. Sonó una campana y el agua tembló. Algo negro, brillante y de bordes lisos emergió de las profundidades. Era el casco de un submarino. La gente jadeó al ver la escotilla y las siluetas de los soldados. Un minuto después, el coloso de acero volvió a sumergirse.
Los rumores de un «monstruo» dieron paso a la noticia de una violación de la frontera: un submarino extranjero había emergido cerca del pueblo pesquero. Para los habitantes, sin embargo, lo más importante era otra cosa: su miedo al mar había cambiado. Resultó no solo salvaje y peligroso, sino también albergar la maquinaria secreta de los estados. Eric presentía la cruda realidad: el monstruo podría no ser una criatura mítica, sino tecnología fría oculta en las profundidades.