Se suponía que sería una típica salida de pesca en un río de montaña. El hombre llegó temprano por la mañana, preparó su equipo y se dedicó con calma a sus asuntos, sin sospechar que recordaría ese día para siempre.
Al cabo de un rato, el sonido del agua corriendo le llamó la atención. En la corriente, vio a un pequeño osezno siendo arrastrado. Sin dudarlo un segundo, el pescador se zambulló en el agua helada, sacó al animalito y lo llevó a la orilla. El osezno se sacudió y desapareció en el bosque de inmediato. El hombre respiró aliviado, pensando que ese era el final de la historia. Pero apenas comenzaba.
Cuando el pescador aún no había pescado nada, comenzó a prepararse para volver a casa. Al girarse hacia la orilla, se quedó paralizado: un oso adulto estaba justo frente a él. El animal lo miró fijamente y luego inclinó lentamente la cabeza. En sus patas había varios salmones grandes. El hombre no podía creer lo que veía. Era como si el oso le hubiera traído un «regalo» en agradecimiento por haber salvado al cachorro. En lugar de agresión, hubo una reacción inesperada difícil de explicar lógicamente.
Esta historia nos hace reflexionar sobre la complejidad y la maravilla del mundo salvaje. Solemos pensar en la gratitud como un rasgo puramente humano, pero a veces ocurren eventos que la ponen en duda.
Una salida de pesca rutinaria se convirtió en un encuentro extraordinario entre un hombre y un animal salvaje. Este encuentro será recordado como un símbolo de comprensión mutua entre el mundo humano y el natural.