En la mayoría de las culturas del mundo, la fidelidad matrimonial siempre se ha considerado una norma moral esencial, cuya violación se percibía como una grave ofensa. Sin embargo, a lo largo de la historia, ha habido quienes tenían opiniones diferentes, y con razones bastante racionales.
Por ejemplo, algunos grupos étnicos del norte, como los chukchi y los koryak, tenían costumbres en las que la hospitalidad podía incluir no solo atenciones y alojamiento, sino también la atención de la anfitriona. Este comportamiento no se percibía como infidelidad ni falta de respeto hacia la pareja. Al contrario, era una manifestación de confianza, apertura y respeto hacia el huésped.
El objetivo principal de estas tradiciones era fortalecer los lazos de amistad entre las tribus y renovar el linaje, ya que, en las duras condiciones del norte, las comunidades cerradas a menudo se enfrentaban al problema de la endogamia. Por lo tanto, la posibilidad de tener un hijo de un miembro de otra comunidad se consideraba una bendición: prometía una descendencia sana y un linaje más fuerte. Si una mujer quedaba embarazada tras la visita de un huésped, el suceso se consideraba una buena noticia, no un motivo de condena. La comunidad creía que el niño heredaría la fuerza y la vitalidad de ambos.
Formas similares de la llamada «hospitalidad sexual» se encontraban entre otros pueblos del mundo, generalmente entre aquellos que vivían en zonas aisladas y buscaban mantener la salud de su clan y buenas relaciones con sus vecinos.