Melina Salazar trabajó durante años como camarera en el restaurante Luby’s, en Boca Chica Boulevard, en Brownsville, Texas.
A lo largo de los años, Melina atendió a miles de personas: familias después de la misa dominical, jubilados de los parques de caravanas cercanos, turistas que se dirigían a South Padre Island. Pero un cliente en particular le llamó la atención.
Walter «Buck» Swords, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, llegaba todos los días a las 11:30 en punto, se sentaba junto a la ventana y no dejaba que nadie se le acercara.
Los empleados intentaban mantener las distancias, pero Melina no.
Era irritable, exigente y a menudo devolvía los platos.
«Frío», refunfuñaba.
Melina, sin decir palabra, retiraba el plato y le traía uno nuevo, caliente, justo como a él le gustaba.
Todos los días lo veía almorzando solo, mirando por la ventana. Y aun así, siempre le preguntaba:
«¿Cómo está hoy, Sr. Swords?». Él respondía con un breve gruñido.
Su comida siempre tenía que estar humeante.
Y ella siempre se aseguraba de que así fuera.
Durante siete años, no dejó propina ni agradecimiento. Sus compañeros de trabajo la consideraban extraña: ¿por qué tanta paciencia con un hombre tan grosero?
Pero un día, dejó de venir.
Día tras día, Melina miraba hacia la puerta a las 11:30, con la esperanza de verlo, pero la mesa número nueve permanecía vacía. Pasó una semana, luego dos. Decidió averiguar qué había sucedido.
En el hospital no tenían noticias suyas. Entonces, hojeando el periódico matutino, vio un nombre familiar en las esquelas:
Walter «Buck» Swords, de 89 años, falleció el 15 de julio.
Pasaron algunos meses. Antes de Navidad, el gerente se le acercó:
«Alguien preguntó por usted. Dijo que era importante».
Al día siguiente, un hombre con traje formal se presentó con un maletín de cuero. —¿Señorita Salazar? —preguntó.
—Sí —respondió ella con cautela—. Represento al señor Swords.
Sacó un sobre sellado.
—Esto es para usted. Y además… la mencionó en su testamento.
La carta comenzaba:
—Para Melina, que siempre preguntaba cómo estaba, incluso cuando no lo merecía. Me hiciste sentir humano.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Luego vinieron las instrucciones: 50.000 dólares y su querido Buick.
—Lo llamaba «una propina para toda la vida» —explicó el abogado.
Mientras Melina subía al coche, con olor a asientos viejos y mentas, sintió como si él estuviera allí.
Se dio cuenta de que un simple gesto de bondad podía cambiar un destino, aunque solo fuera una vez, para siempre.
Pronto, todo el pueblo conocía su historia. La gente se acercaba a darle las gracias, la abrazaba y le decía que su acción los había inspirado. Pero la propia Melina respondió: «La bondad no cuesta nada, pero puede significarlo todo. Nunca sabes quién puede necesitarla».